El duelo indefectiblemente está ligado a la pérdida, y sea como se viva ésta, cualquier ser humano se encuentra con ella en cualquier momento de su existencia. La pérdida misma es ineludible, es a la vida lo que la cara al sello. Ligadas una a la otra, son mutuamente necesarias para que persistan.
En cuanto la vida asoma su milagro, también trae consigo su extinción; pronta, lejana, esperada o no, el final de un comienzo llegará a pesar de todo lo que pretendamos aplazarlo e incluso negarlo. También lo son los encuentros y desencuentros, las relaciones que se tejen con los demás que en algún momento dan paso a la despedida son pasajeras, están sujetas a las misma dinámica del nacer, crecer y fenecer. Ante ésta clase de ineludibles, las posturas que asumimos los seres humanos frente a la pérdida en sí misma, varían desde las más o menos fuertes, las resignadas o las rebeldes, las impávidas o las desgarradoras, en términos de aceptar o negar la realidad; tantas formas como nuestras emociones y estrategias de afrontamiento estén al alcance de nuestros humanos recursos.
Sea el tipo de pérdida a la que hagamos frente, desde la más intrascendente como el extravío o el daño irreparable de algún objeto preciado, hasta la más trascendental como es la muerte de alguien objeto de afecto; pasando por un amplio espectro de renuncias obligadas o voluntarias, a estudios, trabajos, sueños, personas, amores, odios, etc.; todo está relacionado con los apegos que construimos con el mundo y sus elementos o habitantes. Desde la más remota forma de vínculo que construimos con alguien, aprendemos a atarnos en búsqueda de seguridad, de pertenencia, primero a un seno materno, mas tarde a grupos humanos, a instituciones e incluso a cosas. Podemos darnos cuenta que con el trascurso del tiempo nuestros lazos más significativos pueden estar ligándonos a infinidad de objetos de afecto de la más diversa y tal vez inverosímil naturaleza.
Es así como esa urdimbre de apegos puede ser tan tupida y fuerte que cada vez que un hilo se rompe se desencadenan eventos dolorosos, desgastantes, por la suma o la intensidad; las pérdidas recurrentes pueden minar una gran voluntad o una sola puede ser tan devastadora que después de ella no haya nada más que la desolación. Sea cual sea el panorama, hay un camino que recorrer, el que se extiende ante los pies, el de afrontar con los recursos propios la adaptación a la nueva realidad. Implica un re-aprendizaje, constatar que lo previo ya no existe, que la única evidencia es cada objeto físico que pierde su contexto anterior o al menos el recuerdo que luchamos por mantener vivo mientras creemos que es un salvavidas o el único legado posible.
A cada uno, objeto o recuerdo, se le puede emplear para mantenerse atado a un espejismo o para despedirse de ese algo que ya es parte de la historia personal. Es la renuncia al pasado el avance que permite desplazarse hacia una nueva condición, la del que desata los lazos y permite que cada cual continúe su rumbo, con el recogimiento de sí mismo, la sanación de las heridas y la restitución de la capacidad de establecer nuevos lazos, tal vez mas enriquecedores.
Todo ello implica tiempo, la misma ley del transcurso que gobierna la vida, requiere que cada paso sea dado en su momento, con el ritmo y la velocidad que cada uno tiene. Incluso en la forma que se manifieste, lo fundamental es respetar y dar el permiso necesario de que los pasos, etapas o momentos posteriores a la pérdida emerjan con libertad.
Indistintamente de la naturaleza que tenga la pérdida en sí (laboral, académica, afectiva, filial, etc.) el reconocer la realidad, aceptarla, resignificar el vínculo, despedirse y renunciar, solo tienen una meta que le da el sentido saludable a todo el recorrido: Resolver el Duelo
La culminación del proceso del Duelo restituye al doliente la capacidad de continuar en condiciones, generalmente diferentes y favorables, su vida cotidiana, el replanteamiento de proyectos, la resignificación de las relaciones con los demás, el valorar más apreciativamente lo vivido y lo aprendido.
Acá escribo cuando se me antoja, cuando lo necesito para no atorarme el alma. Cuando deseo que alguien más lea lo que pienso y siento. Es mi ejercicio vanidoso y pretencioso, ya que no soy músico al menos escribidor eventual.
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lunes, 9 de marzo de 2009
miércoles, 7 de enero de 2009
Salchichas, muchas salchichas, muy adaptadas salchichas.
Tengo una muy antigua imágen en mi memoria, derivada de un fragmento de la película "The Wall" (la cinematografización del grandioso álbum homónimo de Pink floyd, dirigida por Alan Parker), en mi recuerdo una larga hilera de niños entran a una gran máquina moledora de carne y de ella salen los mismos niños pero con cuerpo y cara de salchichas. Hace poco refresqué éste fragmento a partir del video clip "Another brick in the wall". Por supuesto había diferencias de contenidos entre el recuerdo y la imágen real, pero el trasfondo mantiene el mismo significado. Pequeños ex-humanos transformados metódica, mecánica e indolentemente en producto serial.
No es gratis que la permanencia en el tiempo de ésa huella haya significado mucho más de lo que creí cuando, al ver por primera véz el filme me identifiqué totalmente con esos niños homogeneizados. Era un adolescente tardío (nueva característica evolutiva de nuestro postmodernismo) que se rebelaba infructuosamente por no ser otro de los demás. Incluso por no ser ni siquiera como yo mismo. Pero ésa es una confesión que amerita otro espacio. Acá intento reflexionar alrededor de otro tópico que se ha convertido claramente en un interrogante existencial.
Interrogante teñido por la indignación. Hace algunos meses se discutía en Colombia sobre si los colegios y escuelas debían dar una semana de receso al comenzar el último trimestre del año. Una semana de vacaciones. 5 días hábiles con los pequeños en casa. ¿Qué dijeron padres y madres al respecto? De todo, pero la voz que más se hizo notar fué: "¡Qué problema!" "¡¿Qué vamos a hacer con ellos en la casa!?" "¡¿Bien malos que son y quieren mas vacaciones?!" ¿Malos quiénes -pregunto- los niños, los profesores o ambos?
Sí, éso escuché por doquier, además por supuesto, de un virulento ataque a los maestros por considerarlos unos vagos, los mas cómodos de los trabajadores de éste inepto país que se toma la ligereza de decretar un receso por razones que van allá de la simplista "es que no les gusta trabajar" (¿Y si la medida fuera para todos, alguien se quejaría?); los progenitores se escandalizaron porque iban a tener a sus HIJOS en su propia casa, la misma a la que los trajeron desde su concepción. No puedo evitar recordar también las mordaces sugerencias de Fernando Vallejo invitándonos a esterilizarnos para no seguir plagando al mundo con nuestra dañina especie. ¿Qué puede argumentársele cuando no soportamos a nuestras creaturas? Nada contundente. No escuché una sola pregunta acerca de la conveniencia pedagógica de tal medida, o sobre las desventajas metodológicas de la misma para el proceso educativo o cualquier otra cosa que apuntara a la argumentación lógica y sensata. Nada. Puras quejas. Ni un solo "¿Ésta semana de receso de que manera nos ayuda en la educación de nuestros hijos?"
Quejarse como acto reflejo es una antiquísima manía humana -que sospecho exacerbada en nuestro tercer mundo gracias a nuestro parroquialismo- de modo que éso no es novedoso. Lo que si no puedo dejar de preguntarme es ¿Qué son sus hijos para millones de personas que los traen a éste mundo? ¿Qué es para ellos tenerlos durante una porción considerable de vida a su lado, cuando ni siquiera soportan tenerlos los 5 días de una semana inesperada? Está en el trasfondo de ése repudio la explicación al endémico maltrato, la incabable violencia, el denigrante abuso, la miserabilización de la infancia? ¿Porqué son muchos menos los que disfrutan de sus hijos, los que prefieren tenerlos las 24 horas de con ellos a pesar del riesgo manejable de la malcrianza? ¿Porqué la regla no es hacerse responsable desde el goce, de una vida que siendo irrepetible es una nueva oportunidad de hacer mas humana nuestra especie?
¿Acaso lo que muchos adultos quieren, tanto padres como maestros, es lo que Pink Floyd nos muestra con su cruda carne de niño saliendo de aquella gigantesca máquina? Nada que nos implique un mínimo esfuerzo de comprensión, curiosidad, sorpresa, reflexión y ante todo amor? ¿Es nuestro mundito adulto tan frágil frente al desafío que plantean nuestros propios descendientes que necesitamos reducirlos a muñecos de proteína autómata? ¿Por eso ante una semana de vacaciones muchos entran en pánico colectivo? ¿Porque tendrán que "lidiar" con alguien que es mucho más que una salchicha adaptada al sistema, un alguien que rie, juega, salta, corre, pregunta, explora y aprende a sospechar del omnipotente adulto?
Cuestionable, preocupante, decepcionante, incluso desesperazante que prioricemos la comodidad de padres que entregan en manos de un tercero su fruto como si de un depósito se tratara. Un capital del que se esperan rendimientos monetarios, pero si no es posible, el mínimo de sobresaltos por lo menos. Si se tuviera la certeza de que todos los depositarios llegaran a tener réditos extraordinarios muchos no dudarían en agradecer que su progenie fuera igual, menos humana, pero no importa, rentable.
Por ahora no me desprenderé de aquella huella de Pink Floyd, no quiero perderla de vista porque para ser automatizado está el electrodoméstico, para producir dinero están los bancos, nunca los seres humanos.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Riqueza obscena
"No realizarás manipulaciones genéticas. No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. No contaminarás el medio ambiente. No provocarás injusticia social. No causarás pobreza. No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común. Y no consumirás drogas."
Estos son los nuevos pecados capitales, según la Santa Sede de la Iglesia Católica Romana. Bastante pertinentes para nuestra época, sobre todo los de corte cintífico aplicado, los otros... ya estaban en mora de ser declarados a los cuatro vientos.
No me jacto de ser anticlerical, ni lo contrario. Soy un simple mortal que intenta darle a cada cosa su dimensión terrenal. Dios en cualquiera de las comprensiones que tengamos de él, trasciende nuestras pequeñeces. Pero me llama poderosamente la atención que haciendo un ejercicio de sensatéz el mayor poder religioso configurador del mundo occidental en casi los últimos dos milenios, ha reconocido por fín que hay algunas cosas mas perturbadoras para la humanidad que el control de la natalidad, la fidelidad conyugal, la castidad y la homosexualidad, excusas moralistas que simplemente invaden el fuero privado del individuo.
No puedo evitar una sonrisa y un suspiro alentador, por fín se han atrevido en el Vaticano a hacer explícito que ¡También es abominable enriquecerse hasta la obscenidad! Al fín se hace uno candidato al infierno si se es un empresario, terrateniente, empleador, etc. que mezquina el pago de los obreros o será reo eterno si un traficante produce/vende porquerías que engordan los bolsillos a costa de la salud o la dignidad ajenas. Ahora será posible que los banqueros y políticos -entre otros- sean trinchados por Satanás en las pailas avernales gracias a sus monstruosas fortunas que por supuesto han salido de las manos de millones de personas que en su vidas conjuntas jamás sospecharían ni en el mas alucinante delirio que es posible apropiarse de tanta riqueza junta.
En Colombia, un país de pobreza en todas sus manifestaciones, no encuentro éticamente comprensible que alguien sea tan absurdamente rico como para ser el dueño de un tercio de la banca nacional. Tampoco puedo comprender cómo pueden existir sueldos, salarios, honorarios (como se les quiera llamar) que sumen decenas de millones de pesos ¡para una sola persona!
Me resulta indignante que alguien se pueda gastar en una sola noche millones de pesos en alcohol, prostitutas, drogas, etc.; para que eso sea posible tiene que haber una sociedad indolente, ciega, idiota y hasta malévola que lo permita. Son grotescos los incontables robos, desfalcos, entuertos fiscales de nuestra burocracia. No tiene ninguna posibilidad de comprensión que un jefe paramilitar y sus brazos políticos, por lo común de orígen acomodado, además de apropiarse de las tierras de los que poco han tenido se devoren las arcas de municipios y regiones enteras cuya riqueza podría reflejarse en los desarrollos locales, pero por supuesto ésta solo se evidencia en haciendas, casas de recreo, casas y apartamentos de ensueño (cuando son de buen gusto), vehículos onerosos, cuentas clandestinas atiborradas hasta la locura, excesos denigrantes, etc.
Hay un atraso de 1.500 años en la expedición de éstos pecados capitales sociales, el mismo Vaticano fué (y lo ha sido) cohonestador, partícipe y alcahuete con ellos. Hay un viejo mea culpa que no han publicado los padres de la iglesia, aunque primero tiene que hacer la necesaria contrición. Ya lo dijo en una época de similares desigualdades (no se si mas groseras que ahora) el Arcipreste de Hita (Juan Ruiz, 1.283 - 1.350): Lo que puede el dinero en http://antologiapoeticamultimedia.blogspot.com/.
Y no aprendemos. A pesar del tiempo, de la miseria evidente, no cambiamos. Algo pasa, algo malo pasa con nosotros. Algo muy adentro está estropeado y no estamos haciendo lo necesario para repararlo. Insisto, algo muy malo pasa con nosotros.
sábado, 13 de diciembre de 2008
El Costo de la Diferencia
Sentir que la corriente va hacia atrás de uno mismo, que se hace un esfuerzo que otros no hacen por caminar o sostenerse en pié suele ser desgastante. Ver lo que otros no ven, sentir lo que otros no sienten, considerar relevantes las ideas que para otros son insignificantes, respirar con otros ritmos, alimentarse de la nada de los sueños; reventarse de tolerancia con la intolerancia del otro que va con la corriente, que ve lo que ven todos sus semejantes, que hace y siente lo obvio, que se incrusta como uña en la carne en la maquinaria impersonal del conglomerado; a veces acerca a otra excluída: la locura.
Ser Diferente con mayúscula, se ha transformado no en una opción sino en una apuesta por la vía menos cómoda de existencia. Pero también una exigente opción de vida. No ir a McDonalds como toda la gente que se cree parte de la corriente, desdeñar la intrascendencia de la farándula, renegar del hipnotismo de la T.V., no participar del querer hacer parte de los ricos y glamurosos o aspirantes a ricos y glamurosos; confesarse como un indiferente ante las modas, las tendencias, los inmediatismos y la facilidades de nuestro mundito de visual, el mundito de lo facil, ligero, sencillo, vacuo... Tiene cierto costo, como preguntarse de vez en cuando si el erróneo no es uno.
Se desemboca entonces en una disyuntiva, estar o no equivocado. Lo otros y yo. El diferente quien es? El otro o yo?
Se desemboca entonces en una disyuntiva, estar o no equivocado. Lo otros y yo. El diferente quien es? El otro o yo?
Mas allá de responder cualquier obviedad, tal pregunta entraña un riesgo, si se vé como tal, el de la arrogancia. Que ser diferente sea también ser mejor. O porqué no, peor.
Probablemente el mayor costo sea encontrarse con el intrascendente sentido de estarse cuestionando por insustancialidades como ésta.
Probablemente el mayor costo sea encontrarse con el intrascendente sentido de estarse cuestionando por insustancialidades como ésta.
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