sábado, 13 de diciembre de 2008

El Costo de la Diferencia

Sentir que la corriente va hacia atrás de uno mismo, que se hace un esfuerzo que otros no hacen por caminar o sostenerse en pié suele ser desgastante. Ver lo que otros no ven, sentir lo que otros no sienten, considerar relevantes las ideas que para otros son insignificantes, respirar con otros ritmos, alimentarse de la nada de los sueños; reventarse de tolerancia con la intolerancia del otro que va con la corriente, que ve lo que ven todos sus semejantes, que hace y siente lo obvio, que se incrusta como uña en la carne en la maquinaria impersonal del conglomerado; a veces acerca a otra excluída: la locura.
Ser Diferente con mayúscula, se ha transformado no en una opción sino en una apuesta por la vía menos cómoda de existencia. Pero también una exigente opción de vida. No ir a McDonalds como toda la gente que se cree parte de la corriente, desdeñar la intrascendencia de la farándula, renegar del hipnotismo de la T.V., no participar del querer hacer parte de los ricos y glamurosos o aspirantes a ricos y glamurosos; confesarse como un indiferente ante las modas, las tendencias, los inmediatismos y la facilidades de nuestro mundito de visual, el mundito de lo facil, ligero, sencillo, vacuo... Tiene cierto costo, como preguntarse de vez en cuando si el erróneo no es uno.
Se desemboca entonces en una disyuntiva, estar o no equivocado. Lo otros y yo. El diferente quien es? El otro o yo?
Mas allá de responder cualquier obviedad, tal pregunta entraña un riesgo, si se vé como tal, el de la arrogancia. Que ser diferente sea también ser mejor. O porqué no, peor.
Probablemente el mayor costo sea encontrarse con el intrascendente sentido de estarse cuestionando por insustancialidades como ésta.

¿Colombia "Orwelliana"?

Uno de los grandes absurdos que hace de 1984 (George Orwell) una obra referente para nuestra época contemporánea es la capacidad de creer a pié juntillas que lo que estoy viendo, escuchando, viviendo, no es verdad por que la autoridad, a la que le he otorgado el poder como parte de una nación, asegura todo lo contrario, que lo que veo, escucho, vivo, percibo con los sentidos y la razón que la naturaleza otorgan, no es verdad, que lo es todo lo contrario.

La ficción no suele serlo tanto, ya es bien sabido que la realidad tarde o temprano se confunde con la fantasía. Que un simple ser humano todopoderoso casi déico, entronizado en la cima de la pirámide, sea el controlador de las vidas de millones solía ser una creación literaria, superada en el pasado o sospechable en futuros lejanos. Pero nunca lo imaginé tan inmediato como está sucediendo en Colombia. éste país no es lo que muchos creemos, es otra cosa, una suerte de paraíso lleno de mieles y frutos como si de un pasaje bíblico hubieramos brotado.

Cuando Orwell publicó su obra, 1949, no imaginó que tuviera en mente las pequeñeces de los estados que aún estaban en formación, advenedizos históricos comparados con su centenaria Inglaterra. Colombia, una de ésas tropicales naciones, para entonces ya hervía de nuevo en matanzas rurales de machetes y horcas. Posiblemente poco sofisticada en su intríngulis gubernamental como para hacerla escenario de un estado totalitario, supercontrololado por medio de la idiotización social, la lealtad pervertida, el amodorramiento del conformismo, la tergiversación complacida y estimulada de la verdad, como en la Oceanía orwelliana. Un universo paranóico de esos que ya vivieron muchos bajo el estalinismo, el nazismo, el fascismo, ése mismo que tan bién quedó retratado en V de Venganza.

Algo me hace creer que Colombia ya transita por ésos caminos nefastos. Mientras el Gran Hermano criollo, siga creyendo que es un mesías así será.